lunes, 23 de junio de 2014

Contar hasta Messi, por Ariel Scher

(Hijo, vos, en Belo Horizonte, viste a Messi transgredir la lógica del fútbol para que Argentina le ganara a Irán. Yo, en Buenos AIres, vi a alguien a quien el gol le cambió demasiadas cosas, hasta el modo de ir de uno a diez. No puedo dejar de contártelo.)

El abuelo que llega ronco a la plaza por tanto gritar el gol de Messi no lo puede creer. Y el nieto al que lleva casi colgando desde el brazo izquierdo, igual de ronco por el gol de Messi, tampoco lo puede creer. Y el hombre que corta el césped ahora en la plaza porque antes estuvo viendo el gol de Messi mucho menos lo puede creer. Y el mejor jugador de fútbol de esa plaza, que naturalmente se volvió loco por el gol de Messi y que patea una número cinco enfundado en la ropa de Messi, no lo quiere creer. Nadie pero nadie está dispuesto a creer, pero hay que creer: allí, delante de sus ojos, resonando en sus oídos, el primo Diego putea a Messi.

Sin confusiones: lo putea. Lo putea y corresponde expresarlo así, sin vueltas y sin suavidades, porque no lo insulta, no lo agravia, no lo vilipendia, no lo daña: lo putea. Lo putea desde el límite sur de su lengua hasta la frontera norte de su labio superior. Lo putea y eso es lo que cabe decir porque lo que da vergüenza decir es la variedad de recursos con las que ejerce el indetenible arte de putear. Se enteran rápido el abuelo, el nieto, el hombre que corta el césped, el mejor jugador de la plaza y todos los que por cualquier razón pasan en ese increíble momento por ese lugar: el primo Diego no es un iraní al que las vísceras se le enfermaron de frustración por la derrota y no es un apostador que vació hasta el aire de sus bolsillos a favor de un empate que se fugó en la bola del final. Y tampoco es un argentino que se indigestó con la pálida labor de la Selección y maldice porque entiende que, para que el equipo despierte, acaso hubiera resultado mejor no ganar así. No: Argentina acaba de vencer a Irán por 1 a 0 en el segundo de sus partidos en el Mundial de Brasil gracias a que, en el penúltimo instante, Leo Messi desarticuló las distancias entre lo que es posible y lo que no, entre el fútbol y el cine, entre lo que se sueña y lo que se realiza, y transformó un monocorde empate sin tantos en una victoria que dejará guardados en los cajones de la memoria sólo eso: su extraordinario gol. Lo sabe el primo Diego, lo sabe bien. Lo sabe y, justamente como lo sabe, putea más, más y más.

Cómo cambia la vida. Quince segundos antes de que Messi demostrara sobre un césped que hay creaciones más asombrosas que las páginas del Quijote, el primo Diego no puteaba. No puteaba y, al revés, quería, imaginaba, rezaba para que floreciera alguna de las magias que hasta entonces Messi escondía en el estadio Mineirao. Peor y lo confiesa: con ingenuidad de hincha, con una argentinidad que lo recubre sólo en los mundiales, cuando ocurrió la superación del Quijote, o sea la aventura de Messi con la pelota y con el gol, hasta gritó, gritó con y como el vecino idiota con el que se pelea tres veces por semana, gritó el primo Diego como andarían gritando los compañeros de la Primaria a los que no encontraba hacía décadas, como se moriría gritando el almacenero que le embroma la economía con casi todos los precios, como se desgañitarían gritando el más pobre entre los pobres que conoce y el más rico entre los ricos que nunca va a conocer. Gritó con su padre que estaba a un metro, con su mujer que estaba a dos metros, con una amiga de su mujer a la que no soportaba pero también gritaba a tres, a cuatro metros. Gritó lo suficiente, también, para gritar con su hijo, un pequeñito de dos años y medio, una ternura en cada movimiento, el corazón de sus días. Pero su hijo no gritó.

Su hijo no gritó porque prefería hacer algo más lógico para un pequeñito de dos años y medio, algo que había ensayado con su papá, el primo Diego, en cada despertar para ir al jardín de infantes, en cada bocado feliz de los almuerzos, en cada fin del día antes de dormirse en paz: su hijo de dos años y medio contaba. Lo recordaba al borde de las lágrimas el primo Diego inclusive mientras lanzaba su bocanada infinita de puteadas hacia Messi: qué emociones. Qué emoción cuando ese hijito pronunció, por primera vez, "uno" y se integró a la larga cadena humana capaz de vincularse con el sistema decimal. Qué emoción, después, cuando añadió el "dos" y, de inmediato, el "tres". Qué emoción y qué certeza de ser la cimiente de un superdotado cuando sumó el "cuatro" y el "cinco". Qué emoción y qué trabajo de padre cuando, ladrillo a ladrillo, esfuerzo a esfuerzo, llegaron, más complejos en la modulación, el "seis" y el "siete". Qué emoción y qué sudor y qué paciencia para eslabonar el "ocho" con su eco diferente y el "nueve" con su música mágica. Qué emoción todo eso. Y qué impacto, qué bruto impacto, cuando ahí, con el contexto de los gritos y del gol, oír el desenlace de esa sucesión de números que tantos niños en tantas partes asocian sin trabas, sin errores, sin un percance como el que el primo Diego advirtió para viajar de la perplejidad a la pálidez y de la palidez a la puteada. El hijo de dos años y medio avanzó perfecto: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Y nada de "diez", nada de todo eso tan cultivado en los despertares y en los mediodías y en las noches. Retumbó clarito, indisimulable: tras los nueve números anteriores, no dijo "diez" y dijo Messi.

A los hijos se les ofrecen más oportunidades que a nadie. El primo Diego probó de nuevo la voz de su hijo de dos años y medio. Y a los tímpanos le subió una secuencia nítida: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y Messi. Los padres les conceden a los hijos más oportunidades que a nadie. Y los hijos les devuelven a los padres más constancia que a nadie. De modo que cuando el primo Diego requirió repeticiones y más repeticiones, las obtuvo. Su hijo contó, con sonrisas, como para bañarlo a besos, ese recorrido fonético sin alteraciones: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y Messi. A la quinta reiteración, el primo Diego se convenció de que escuchaba lo que escuchaba, entre la sexta y la novena se esmeró en desplazar al vocablo "Messi" para reinstalar el clásico "diez". No hubo caso. En el décimo intento, se rindió.

Habrá sido un relator del partido que, en la fiesta del golazo, poetizó "no diga diez, diga Messi". O habrá influido la amiga de su mujer a la que por algo no soportaba cuando preguntó "¿el diez es Messi?". O habrá definido el vecino idiota que, imbuido por el espíritu magnánimo del gol, se acercó hasta su puerta, lo abrazó y le proclamó "Messi es de diez". Vaya a saber. Lo verdadero es que, por una causa o por otra, su tarea de padre se había derramado como una botella rota. Y que la responsabilidad no provenía de relatores, de amigas o de vecinos, por insoportables o idiotas que fueran. El culpable era otro. Horas y horas contando hasta diez, con método y con ingenio, para que ese tipo, Messi, por la gracia de un pie zurdo y un genio sin explicación, arruinara la enseñanza y vulnerara el tránsito encantador de su hijo de dos años y medio desde el uno hasta el diez. "Siete, ocho, nueve, Messi", se floreó su hijo, sin intuir que él sufría. "Siete, ocho, nueve, Messi", enunció con una destreza idéntica que se anticipaba inamovible, como andar en bicicleta o como escribir la letra A. "Siete, ocho, nueve, Messi", enfatizó con la seguridad de las cosas que se pronuncian para siempre.

Entonces, el primo Diego abandonó a su padre, a su mujer, a la amiga de su mujer, a su vecino idiota y, además, a su hijito de dos años y medio y aceleró hacia ninguna parte, hacia el reino de la bronca, hacia un espacio en el que pudiera putear sin parar. Por eso desembarcó en la plaza.

No lo pueden creer desde ese instante ni el nieto, ni el hombre que corta el césped, ni el mejor jugador de la plaza ni algún testigo más. Tampoco el abuelo, que, al principio, le permite al primo Diego descargarse un rato, un rato largo aunque no le guste la resonancia de las puteadas hacia Messi en medio de un universo que elogia con justicia a Messi. Y que, después, con la garganta ronca y todo, se las arregla para detallarle que hubo un tiempo bastante anterior a este tiempo en el que, a veces, en lugar de decir "diez" se decía "Pelé", y que, en otro tiempo un poco más próximo, en vez de decir "diez" se decía "Maradona". Le agrega que el diez es un número exigente, por épocas inalcanzable, pero generoso: no le molestó que los chiquitos de diversas épocas lo sustituyeran por la palabra Pelé o por la palabra Maradona. Seguro que ahora no le importa cederle su sitio a la palabra Messi.

De regreso a su casa, el primo Diego ya no putea. La argumentación del abuelo o la evocación del golazo de Messi lo retornan a la calma. O tal vez es que asume que transcurre la era de un futbolista que hasta altera el orden de los números y aquello con lo que se instruye a las generaciones flamantes. Tanto lo asume que casi no concibe como idiota al vecino y casi soporta a la amiga de su mujer. Luego, aborda a su hijo de dos años y medio, retoma los deberes deliciosos que un padre jamás resigna y cuenta, cuenta con él, "siete, ocho, nueve, Messi". 



Ariel/Ezequiel Scher para Familia Mundial. 


Ariel y Ezequiel Scher son padre e hijo. Uno en Brasil y otro en Argentina, comparten la pasión por los mundiales, por el periodismo, y por Argentina. Para encontrar más escritos como "Contar hasta Messi", visiten su página en facebook: Familia Mundial.