lunes, 16 de junio de 2014

La teoría del 2 a 1, por Ariel Scher

(Vos no me vas a creer después de toda la intensidad que absorbiste en el Maracaná, pero la verdad es que nosotros sabíamos que el partido lo ganaba Argentina 2 a 1. Alguien nos lo explicó antes. Te lo juro.)

Lo sabíamos en casa a la hora de reunirnos para ver cada partido de cada Mundial. El tío Rigoberto Luis podía animar un cumpleaños de pibes de cuarto grado explicando la Teoría de la Relatividad como si tuviera al viejo Einstein escondido en la nuca y soplándole detalles. Y podía entretener a los visitantes de cualquier jardín zoológico detallándoles la Teoría de la Evolución que patentó el maestro Charles Darwin sin releer a Darwin. Y podía vulnerar los tedios de algunas noches de Año Nuevo o de algunas ceremonias de comunión cuando sacudía el corazón de los adolescentes y la memoria de los más grandes con sus análisis de la Teoría de la Dependencia y sostenía que esa mirada de las desigualdades del mundo, tan determinante en las décadas del sesenta y del setenta, continuaba siendo clave. Para hacerlo más fácil: el tío Rigoberto Luis era un genio. Ni una sola teoría antigua o flamante de la botánica, de la química, de la gastronomía o del hockey sobre hielo sonaba ajena entre sus labios. Sin embargo, ustedes recuerdan cómo procede cierta gente. Había quienes interpretaban que lo suyo consistía nada más que en reproducir lo que otros habían descubierto. Mentira. Mucha mentira. Los que habíamos ejercido el acto sensato de ponerle el oído en casamientos tensos porque los novios se querían poco o, desde luego, en muchos mundiales, estábamos orgullosos de conocer la que era su propia teoría. El Tío Rigoberto Luis, luego de estudiar sin dormir y de dormir soñando con lo que estudiaba, había parido para regocijo de la humanidad una teoría monumental, una teoría a la altura de todas las otras teorías famosas que exponía como un crack. La Teoría del 2 a 1.

Trataremos de sintetizarlo con la calidad narrativa que lució él para extirparnos, por ejemplo los bostezos que nos provocó la final del Mundial de Estados Unidos, en 1994, ese bodrio entre Brasil e Italia. El tío Rigoberto Luis manifestaba que a nuestra familia la atravesaban unos cuantos rasgos bien reconocibles, como el rechazo a las sobremesas en las que el tío Octavio revelaba sus desteñidas memorias eróticas o como -bastante más estimulante- la pasión por compartir los mundiales. Sin embargo, lo que había detectado era un sello aún más distintivo. Eso: la Teoría del 2 a 1. Y su Teoría del 2 a 1 enunciaba que si un dirigente, un entrenador, una estrella como Maradona o como Messi o un hincha sin prosapia aspiraba a que la Selección Argentina ganara 2 a 1 en un partido de un mundial, lo único que debía disponer era que un miembro de nuestra familia estuviera en el estadio, concurriendo por vez primera a un partido mundialista. Lo afirmaba reuniendo el rigor de Isaac Newton con la audacia de Steve Jobs. Decía que así había sido siempre. Decía que así siempre iba a ser.

El tío Rigoberto Luis era un individuo extraordinario, pero no un autoreferencial. Se desvivía por los otros y daba la existencia por los otros. No obstante, para empezar a hilvanar la Teoría del 2 a 1 no le quedaba otro recurso que aludir a su persona. Erudito en diez mil teorías, asumía que, si pretendía fundamentar la suya, no podía evitar la consideración de su caso. Al cabo, ¿quién había acudido el 13 de julio de 1966 al estadio Villa Park de Birmingham para enronquecer con los dos goles de Luisito Artime que le permitieron a Argentina lograr frente a España el primero de sus 2 a 1 triunfales en los mundiales? Él, claro que él, el tío Rigoberto Luis, todavía joven, todavía soltero de la tía Irma, ya explorador de senderos y de misterios, en busca de algún doctorado que, en tierras británicas, le posibilitara aproximarse a teorías físicas, antropológicas y arquitectónicas que aún no había desmenuzado. Él, naturalmente él, que amaba al fútbol tanto como a las teorías trascendentales y que consiguió una entrada para estrenarse como espectador de mundiales en esa cita del Mundial de Inglaterra en la que como Pirri, un jugador potente, marcó un tanto para los españoles, el cruce acabó 2 a 1 para los argentinos. Aquella vez, el tío Rigoberto Luis se fue contento de la cancha, pero sin presentir que en ese episodio ya fecundaba una teoría.

Porque la teoría se insinuó bastante después. En el tránsito hacia el Mundial de 1978, en la Argentina más brutal, el tío Rigoberto Luis registró las imploraciones de sus sobrinos David y Daniel para mirar algún partido desde las populares del estadio de River y convenció a la madre de ambos, la tía Rebeca, de que se los permitiera. Buscó localidades por allá y por acá y, por esfuerzo o por azar, terminó accediendo a dos entradas, pero separadas: una para la primera presentación de la Selección, otra para la segunda. Ecuánime no porque desentrañaba teorías sino porque era un señor justo, el tío Rigoberto Luis estableció que cada uno gozaría de su oportunidad. El sobrino David fue al debut, sufrió cuando Hungría le metió un gol a Argentina y se desquitó porque Luque y Bertoni cristalizaron la reacción del equipo en un 2 a 1 auspicioso. El sobrino Daniel atesoró su ticket para el duelo con Francia -el siguiente desafío del conjunto nacional-, se restregó las manos cuando Passarella inauguró un camino de victoria con un penal, transpiró pese a la noche fría en el fulgor durante el que Platini igualó y se trepó a las cúspides de la alegría gracias a que Luque partió la red rival con un zapatazo que representó al 2 a 1. Fue histórico para Luque, ni hablar. Y también para el tío Rigoberto Luis: eslabonando los tres 2 a 1, el propio y el de los sobrinos, acuñó las sospechas iniciales de que ahí había algo para averiguar.
Los cerebros inquietos por la ciencia poseen una curiosidad que no se extingue y una paciencia digna de los centrodelanteros a los que la pelota los saluda con frecuencia desde lejos. Transcurren muchos días entre un mundial y otro, pero al tío Rigoberto Luis no lo acobardó la obligación de esperar. Tampoco se desalentó porque, menguada la economía por los estragos de la dictadura, nadie de la familia encontró bolsillos para solventar una excursión al Mundial de España, en 1982. Al contrario, reforzó las conjeturas cuando a Argentina la eliminaron en la segunda fase. "Acaso -se dijo el tío Rigoberto Luis, consustanciado con las glorias y con los desencantos de la camiseta celeste y blanca- nos hubiera ido mejor si uno de los nuestro saltaba en las tribunas". Por supuesto, conjeturaba que algún 2 a 1 favorable podría haber sustituido a derrotas que lo entristecieron.

Como enseñan los innovadores de todas las épocas, en las teorías grandiosas hay argumentos colaterales y hay argumentos esenciales. El Mundial de 1986 le aportó el argumento esencial para la Teoría del 2 a 1. Y más que eso: ese Mundial trajo la prueba de que, efectivamente, la teoría era una teoría. Jugó fuerte el tío Rigoberto Luis: convocó a la tía Rebeca, le entregó un pasaje a México y le pidió que, una vez en suelo azteca, eligiera un partido de la Selección Argentina, se hiciera un sitio entre el público y permaneciera allí hasta que el árbitro avisara que había llegado el final. La gama semigrotesca de recomendaciones obedecía a que a la tía Rebeca no cobijaba interés -ni el más mínimo- por el fútbol o por las teorías y nunca había pisado ni la periferia de un estadio en edad de mundiales. "Por eso mismo es decisivo que vayas", le rogó el tío Rigoberto Luis. Ella, endeudada por aquel gesto del tío para con David y Daniel en el 78, se subió al avión, descendió en destino, entró sin comprender cómo a un enfrentamiento por los cuartos de final, ni se enteró de que Diego Maradona le convirtió a Inglaterra el gol más polémico y el gol más maravilloso de la memoria de los mundiales, mucho menos de que Gary Lineker achicó las distancias, le suplicó al reloj que acelerara porque se aburría sin remedio y retornó esa misma noche al aeropuerto sin computar siquiera que el partido había concluido con un éxito argentino por 2 a 1. Pero así había sido. La teoría ya estaba.

Lo que acumularon los años fueron sólo ratificaciones. Con ochenta inviernos en sus alforjas y en su artritis, la tía Ernesta, que residía en Estados Unidos desde la mitad de los años cincuenta, fue con sus seis hijos, sus ocho nietos y una bisnieta a descubrir el fútbol en Bostón, el día en el que Caniggia condujo a la Selección hacia un exigente 2 a 1 sobre Nigeria, en pleno Mundial. Constituyó el desembarco de cuatro generaciones en los mundiales y corroboró lo que el tío Rigoberto Luis ya pormenorizaba en congresos y en tratados frente a estudiantes que le aplaudían la osadía y lo enfocaban con los ojos subyugados que le hubieran dedicado al doctor Sigmund Freud en la etapa surgiente del psicoanálisis. Al revés, una fiesta de quince a la que se le prohibía la inasistencia hasta a los primos segundos dejó desprotegida a Argentina en los cuartos de final del Mundial de Francia, en 1998, con Holanda, y hubo otro 2 a 1 pero frustrante. Perdimos. Evidencias ante los ojos: si las pruebas funcionaban, las contrapruebas también.

Siglos de conservadurismo y de comodidad intelectual complicaron y aún complican la validación de las nuevas teorías y la valoración de los aventureros del conocimiento. Pasó con los hallazgos de Nicolás Copérnico, de Galileo Galilei y, también, del tío Rigoberto Luis. Repetidamente fue necesario sacar a la luz más elementos. ¿Más elementos? Los hijos de Daniel y de David, aquellos muchachos entusiastas de 1978, reiteraron la vivencia de sus padres en el 2006, cuando sus desempeños escolares fueron coronados con boletos al Mundial de Alemania. Abundan las familias ritualistas. La nuestra es una de esas. De manera que si los padres habían ejecutado su primer partido de mundiales por separado, a los herederos les correspondió una secuencia similar. Julián, el mayor, se abrazó con amigos en Hamburgo, cuando Argentina venció 2 a 1 a Costa de Marfil; Hernán, el menor, vio migrar su piel de un color a otro, y a otro y a otro, cuando un latigazo de Maxi Rodríguez valió el 2 a 1 contra México. En su domicilio porteño, oronda por sus lazos con un pariente inteligente, la tía Rebeca suscribía la idea de que esos acontecimientos consolidaban la Teoría del 2 a 1 y relataba su contribución al desarrollo de tamaña cuestión cuando se juntaba a jugar a la canasta y a tomar te con sus amigas del barrio. Tanta satisfacción le daba el tema que, en los últimos tiempos, si a la reivindicación de su papel en México 86 le agregaba una copita de limoncello, solía opinar sobre la importancia de los marcadores de punta.
La notoriedad del tío Rigoberto Luis se potenció mundial a mundial. Ni por casualidad suspendió su hábito de observar los mundiales con nosotros, pero, ante los requerimientos de tantas partes, tuvo que solicitarle a la tía Irma que, además de ser su esposa, obrara como su secretaria. Desde Japón lo consultaban sobre por qué nunca un atacante como Batistuta hizo goles en los 2 a 1 que celebró la Selección, desde Jamaica pretendían invitarlo para que indagara alrededor de los horizontes de la selección local para tener alguna vez sus 2 a 1 felices, desde dos multinacionales cuyos nombres invaden nuestras rutinas a cada minuto lo tentaron con contratos para que fabulara o verificara una nueva teoría, la del 3 a 1. A los japoneses y a los jamaiquinos los atendió fenómeno, como si también fueran sus sobrinos; a las multinacionales ni las consideró: las percibió más opulentas pero igual de monocordes que el tío Octavio.

Con ese cuadro de situación, un diario tailandés envió a un periodista para que entrevistara al tío Rigoberto Luis hace muy poco, en las jornadas previas al Mundial de Brasil. Varela del Río cumplió el encargo, fijó el reportaje a través de la tía Irma y arribó al hogar del tío Rigoberto Luis con el corazón percudiéndole las puertas del pecho de tan emocionado que andaba. La conversación fue y vino por las páginas de Teoría de los Colores, un libro poco citado de un escritor célebre como Goethe; por la Teoría de los Tres Mundos, desde la que Mao Tse Tung disparó desde su China novedades políticas impactantes; y por la Teoría del Fuego y del Asado Argentino, que no constaba en ninguna enciclopedia pero que, según el tío Rigoberto Luis, apilaba unas cuatrocientas páginas bajo la autoría del eximio parrillero que trabajaba a la vuelta de su vivienda.

Sobre el final del intercambio, el periodista interrogó al tío Rigoberto Luis en torno de las perspectivas de la Selección Argentina en la cita mundialista del 2014. El tío Rigoberto Luis meditó su contestación, acarició un volumen ancho titulado Teoría y Solfeo para principiantes y asombró a su interlocutor al confesarle que la música era su cuenta pendiente y que, a la hora del debut frente a Bosnia, iba a estar tan atento a Messi como a corcheas y a compases.

-¿No lo atrae el partido?-, le le preguntó, con lógica, el periodista.

-Sí, claro que sí -devolvió el tío Rigoberto Luis-, me reuniré, como siempre, con toda mi parentela para compartir el momento. Eso es un placer extraordinario. Pero estoy muy tranquilo: me informaron que en la cancha, viendo por primera vez a Argentina en un mundial, estará Ezequiel, el hijo de mi sobrino, alguien de la familia.

Sabemos bien en casa lo que sintió el periodista en ese instante fantástico. Sintió lo mismo que nosotros: un deslumbramiento triple. No todos los días se aprende una teoría. No todos los días se comparte un mundial con un genio. No todos los días estamos seguros de que un partido de Argentina va a salir 2 a 1.


Ariel/Ezequiel Scher para Familia Mundial

Ariel y Ezequiel Scher son padre e hijo. Uno en Brasil y otro en Argentina, comparten la pasión por los mundiales, por el periodismo, y por Argentina. Para encontrar más escritos como "La teoría del 2 a 1", visiten su página en facebook: Familia Mundial.