La cuestión que se quiere tratar ahora es muy diferente. La actitud de CR7 para con sus compañeros y rivales. Da la sensación que el portugués no está en un equipo, que los logros que Real Madrid consigue son totalmente ajenos y lejanos si no son gracias a él. El ejemplo claro es la última final de Champions League. El equipo merengue estuvo a segundos de perder la Copa. En el último córner, Cristiano se pierde entre las marcas y es Sergio Ramos, el mismo que se encargó de vencer a Bayern Munich en semifinales, quien gana arriba y mete un cabezazo inatajable para el arquero Courtois. El estadio explotó. No sólo el de Lisboa, sino también el Bernabéu. Los jugadores de Real Madrid festejaron como locos ese agónico empate que les daba una vida más en la copa más importante de Europa felicitando y agradeciendo al defensor que lo hizo posible. Mientras tanto, CR7 tomó la pelota de adentro del arco y se dirigió trotando a la mitad de la cancha, como si nada hubiese pasado. Cristiano Ronaldo hizo 17 goles en esta edición de esta Champions League, rompió todos los récords, pero aún así los goles que hicieron posible la coronación del merengue fueron los de Sergio Ramos. Si no fuera por él, el portugués ni siquiera hubiera tenido la posibilidad de jugar esa final.
Continuó el partido, llegó la jugada impresionante de Ángel Di María, de actuación inolvidable, que coronó en el gol de cabeza de Gareth Bale después del empate. La explosión en la gente y en los jugadores fue igual o incluso más grande que en el primer gol. Se juntaron en el córner eufóricos los jugadores, los suplentes, algún que otro integrante del cuerpo técnico y se abrazaron mirando a sus hinchas que viajaron a Lisboa. CR7 repitió su conducta. A agarrar la pelota y trotar al centro. Ni una mueca, nada.
Minutos más tarde, Real Madrid pasó a ganarlo 3-1 un ratito antes del final, el partido estaba liquidado y el trofeo ya tenía dueño. El portugués, de repente, comenzó a tirar firuletes en el área, con aires de sobrador. Lo rozaron y él cayó al suelo. El árbitro cobró penal, en una decisión por lo menos discutible. En ese momento, Cristiano Ronaldo fue puesto a prueba nuevamente. Debía elegir entre tomar la pelota y ejecutar él el penal, sumando un número más a su récord y figurando en la lista de goleadores de la final o actuar con conciencia sobre lo ocurrido durante todo el partido y darle el tiro al jugador que realmente merecía un gol en esta final, el argentino Angel Di María. Como ustedes ya saben, esta segunda opción nunca se le pasó por la cabeza al portugués. Convirtió el gol, por supuesto. El equipo de Simeone ya estaba entregado moralmente y perder 2-1 o 40-1 ya era lo mismo. El gol del portugués no fue más que un adorno al resultado. Apenas la pelota entró, Cristiano corrió a la esquina eufórico mientras se arrancaba la camiseta. Lo gritó como si fuera el héroe de la tarde. Aún más, incluso. Ya con el torso desnudo, sus compañeros intentaban acompañarlo mientras él prácticamente ignoraba su presencia allí. Cuando pudo liberarse de ellos, volvió a excluirse y trabó sus músculos mientras esbozaba un grito de guerra para que todo el mundo lo viera. Una falta de respeto al rival, a sus compañeros, a todo el mundo. Cristiano Ronaldo demostró nuevamente que le faltan los valores más importantes del deportista profesional, la humildad y el respeto.
Franco Calió / @calioffranco

