miércoles, 13 de agosto de 2014

El regalo de la ilusión

Hoy, 13 de agosto de 2014, se cumple un mes de la final del Mundial Brasil 2014. De un lado estuvo Alemania, que no salió del podio en los últimos cuatro mundiales y de este lado Argentina, que hacía cinco que no pasaba los cuartos de final. Para el favorito, llegar a la final no fue un juego de niños, a pesar de que le tocaron rivales accesibles. Después de una fase de grupos donde su único verdadero rival fue Ghana, tuvo que ir hasta el tiempo extra contra Argelia para pasar a cuartos de final. A partir de allí, todo le fue más fácil. Supo despachar a Francia con autoridad y bailó a Brasil en su casa. Para Argentina, la historia fue distinta. Argentina fue pasando de fase en fase reventando paredes de ladrillos. Todas distintas. Cada una fue dejando a los jugadores cada vez más débiles en lo físico, pero mejor que nunca en lo grupal y anímico. Cada vez más convencidos de la idea de juego que Alejandro Sabella trajo en 2011. Enfrentarse a equipos que estacionan el micro frente al arco no es fácil. Argentina cometió errores pero supo reconocerlos y remediarlos a tiempo. Gracias a que tuvo un técnico autocritico que no va a morir con la suya, sino que varía dependiendo del rival, la competencia y el resultado, Argentina pudo llegar a impactar con fuerza a la pared que tuvo enfrente. A derribarla y a enseguida pensar en la próxima, que se viene encima y es peor que la anterior. A defender según como ataca el rival y no de una forma lineal. Esas paredes fueron Bosnia, Irán, Nigeria y Suiza. Frente a Bélgica, Argentina no le ganó a un equipo sino que logró la hazaña de romper con 24 años de frustración futbolística para todo el país. Se sacó esa pesada mochila de encima y pasó a semifinales. Siete partidos. Al fin. El objetivo ya estaba cumplido. De aquí en adelante, es todo heroísmo. Eso no detuvo a los jugadores argentinos.





 La siguiente pared de ladrillos y cemento fue Holanda, que había goleado al campeón en fase de grupos y demostrado una rapidez temible en ataque. El partido fue para pasar en las inferiores cuando se quiere enseñar qué es la táctica. Un enfrentamiento intenso en el que ninguno pudo concretar en el arco rival. Pasó el tiempo extra y, gracias a una barrida excepcional de Mascherano, Argentina y Holanda fueron a los penales. Allí fue donde el más criticado por la prensa y los hinchas mostró su verdadero valor Sergio Romero tapó estupendamente dos penales de cuatro. Y en sus festejos se notó la energía gastada, el esfuerzo y la pasión que llevaba consigo. Y llegó la final. Después de cinco mundiales sin pasar de cuartos, Argentina jugó la final del mundo. Del otro lado hubo caras muy conocidas. La bronca de la injusta derrota de 2006 y la rabia por la paliza en 2010 llenaron los tanques de los jugadores de Selección, después del extenuante partido ante Holanda. Alemania había humillado a Brasil en los primeros 20 minutos. Con eso le alcanzó. No tuvo desgaste físico alguno. Lo dijo Maradona: "Argentina venía de un alargue y ellos venían de un carnaval". Aún así, Argentina va. Contra Alemania y contra toda Europa, y algunos países de América. La garra de los 23 de Sabella nunca fue tela de discusión. Ni para los más opositores al cuerpo técnico.



El partido ante Alemania se puede resumir en algunas pocas situaciones. Un insólito error defensivo de Kroos con la cabeza dejó solo a Higuaín frente a Neuer, que se apuró y no pudo definir con la certeza que nos tiene acostumbrados. Primera oportunidad, de esas que se dan una vez en la vida, que desperdició Argentina. Ninguno de nosotros puede imaginar los problemas que habrá tenido El Pipa para dormir en estas treinta noches que pasaron. Minutos más tarde, un centro de Ezequiel Lavezz terminó en el pie de Higuaín, que esta vez la mandó el fondo de la red y salió desaforado a gritarlo. El relator gritó gol, el país gritó gol, pero el línea había marcado correctamente posición adelantada. Acariciamos la gloria, pero de nuevo tocó frustración. Alemania también atacó y el palo salvó a Argentina luego de un córner. Lionel Messi jugó más atrasado para potenciar el funcionamiento del equipo, pero tuvo una jugada que tampoco olvidará fácilmente. Un remate de zurda después de un buen pase de Biglia que se fue apenas afuera. La suerte nuevamente fue esquiva. El árbitro Nicola Rizzolli cobró falta del cachete de Higuaín contra la rodilla de Neuer.  Algo insólito. A los 10 minutos del segundo tiempo, si el juez hubiera cobrado el penal la historia hubiese sido diferente. Rodrigo Palacio tuvo otra oportunidad única e irrepetible. Un centro perfecto cayó en su pie dentro del área. El arquero ya estaba jugado y restaba definir a un costado. El delantero del Inter de Italia intentó tirar la pelota por encima de Neuer, adelantarse nuevamente y dar el golpe de gracia. Algo prácticamente imposible. El balón terminó afuera. Cuando faltaban 420 segundos para el final, una falla en la marca de Mascherano y Zabaleta y una desatención para cerrar de Martín Demichelis le dieron a Mario Gôtze la oportunidad única de ser campeón del mundo. Y la aprovechó.



Se hablará por años de esta final, pero nada podrá cambiarse.  Todos los mundiales del mundo son maravillosos, pero el de Brasil era el de Brasil. El fútbol da revancha, dicen. La espina quedará para siempre en el corazón del pueblo futbolero argentino. Argentina volvió al amor por su Selección, que no es poco. Resta mirar para adelante hacia Rusia 2018 y agradecer eternamente a Alejandro Sabella y a sus 23 caballeros, que nos dieron el mejor regalo que se puede dar: la ilusión.



Franco Calió - @calioffranco